
Un barco a la deriva.
En un mar, inicialmente calmo y apacible.
Azul, profundo, tan profundo que su inmensidad se cala hasta lo más remoto de tus huesos.
Un marinero grita, despierta la tripulación.
Una tempestad comienza, el barco se tambalea sin ninguna dirección o rumbo definidos, se deja balancear por el acaso y reza porque la suerte esté de su lado.
La tormenta se avecina, sin intenciones de ceder a las preces incansables; por el contrario, ellas parecen despertar su furia.
Ataca, con rayos, que pasan a centímetros de la proa; con relámpagos que aterrorizan a los jóvenes que intentan mantener la embarcación a flote.
Diez minutos bajo la infernal duda de sobrevivir, desistir o dejarse llevar. Diez minutos que más parecen una eternidad.
Después de la tormenta siempre viene la calma, aunque tarde años en llegar.
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